lunes, junio 19, 2017

Psicopatía infantil


Falta de empatía, de remordimientos, personalidades egocéntricas, con una afectividad limitada, falta de sinceridad y encanto superficial. Son rasgos de la psicopatía que, como trastorno de la personalidad que es, se supone debe ir formándose con los años. Pero ¿qué ocurre cuando encontramos esos síntomas de forma clara en niños, sin ningún trastorno mental aparente que se pueda asociar a ellos? No hablamos de menores, en sentido amplio, sino niños pequeños, a los que les gusta ver sufrir a los animales y que muestran un claro desprecio por las personas.

Algunos autores han señalado que esas características no son tan importantes como creemos cuando se dan en niños pequeños, ya que pueden ser aspectos normales de ciertas etapas del desarrollo, pero otros señalan que esos rasgos distintivos pueden acabar, precisamente, en un claro desarrollo de un trastorno de la personalidad como es la psicopatía. Cómo distinguir qué es normal y qué rebasa el límite es aún una cuestión muy discutida. Conocer qué es una travesura y qué una muestra de falta de empatía y remordimientos que se extenderá en el tiempo hasta su edad adulta es algo altamente difícil.

Así, si bien la psicopatía, como tal, manifestada en adultos ha sido ampliamente estudiada, el cómo identificar dicho problema en un niño presenta muchos más dilemas y muchos menos estudios. Incluso hay quien defiende que no se puede hablar propiamente de psicopatía infantil.

Sin embargo, se ha demostrado que esos rasgos que mencionábamos y que definirían a un psicópata, no aparecen de la nada cuando el niño se hace adulto, sino que comienzan a mostrarse incluso en edades muy tempranas.

Una empatía mal desarrollada a través del proceso de socialización, el gusto por torturar animales, o molestar a personas cercanas, la mentira por sistema y el uso de la manipulación, la falta de remordimientos o nerviosismo cuando mienten, son algunos síntomas que deberían dar que pensar cuando se muestren juntos en el niño y de forma persistente en el tiempo.

sábado, junio 10, 2017

¿Puede un niño tener instintos asesinos? El caso de Beth Thomas y el Petiso Orejudo


Niños asesinando a otros niños o maltratando animales sin remordimientos. Parece sacado de una película, pero ha ocurrido en la vida real más de una vez. 

En un documental de la BBC que mostraba las entrevistas que le hacía su terapeuta, una niña, Beth Thomas, de tan solo 6 años, contaba sin remordimientos que quería ver muertos a sus padres y a su hermano.

La historia de esta pequeña fue cruel desde el primer día. Su padre biológico abusó de ella cuando sólo tenía unos meses y su madre falleció cuando no tenía ni un año. Tenía 19 meses, y su hermano 7, cuando los servicios sociales los encontraron en estado de abandono y los dieron en adopción a Tom y Julie Tennant. Pero la vida de Beth ya estaba marcada para siempre.

Sus padres adoptivos descubrieron como la niña se comportaba de forma agresiva con su hermano y también con los animales, a los que torturaba. La pequeña era incapaz de establecer relaciones, carecía de empatía y no controlaba sus impulsos.

Los psicólogos le diagnosticaron un trastorno reactivo de la vinculación, un problema relacionado con el apego y la pusieron en tratamiento en una institución, en la que hicieron a la niña ser consciente de sus actos, aumentaron su autoestima, fomentaron hábitos y conductas sociales y aumentaron su capacidad para aceptar las normas y gestionar su ira.

Por suerte, es un caso de éxito. Tras mucho tiempo de terapia, Beth consiguió tener una vida normal.

No es el único caso documentado de este estilo. Y no todos han acabado en final feliz.

Muy famoso es el caso del llamado “Petiso Orejudo”, Cayetano Santos, que comenzó su carrera asesina con tan sólo 9 años

Este niño argentino acabó en 1906 con la vida de a una niña de tres años a la que raptó, intento estrangular sin éxito y posteriormente enterró viva. Era su primera muerte, pero no sus primeros intentos. Cuando tenía tan sólo 7 años golpeó a un niño de tan sólo dos años y lo arrojó a un montón de espinas, pero el niño tuvo la suerte de que un policía que pasaba por la zona vio lo sucedido y pudo detenerlo. Al año siguiente, con 8 años, golpeó a un bebé de 18 meses con una piedra en la cabeza hasta que fue detenido de nuevo.

Con 12 años intentó de nuevo asesinar a otros dos niños de dos años. Al primero trató de ahogarlo en la pileta de una bodega, pero fue descubierto. Y al segundo, le quemó los párpados con un cigarrillo hasta que la madre del niño se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.

El año 1912, cuando contaba con 16 años fue el más negro de su carrera. Sumó hasta 7 víctimas. Tras ser detenido confesó cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinatos. El resto de su vida lo pasó en prisión hasta que falleció en 1944 en el penal de Ushuaia.

Dos casos muy distintos y con finales muy diferentes que demuestran que una buena intervención con niños que presentan ciertos rasgos preocupantes es esencial para evitar comportamientos violentos futuros.

Pero ambos casos tienen una pregunta en común. ¿Qué convierte a un niño tan pequeño en un ser tan cruel?

Escucha la historia completa en nuestro canal de Ivoox



domingo, mayo 21, 2017

El móvil del crimen

Conocer la motivación de un criminal no siempre es sencillo porque requiere trabajar con pruebas a la vez que con pensamientos y comportamientos del asesino. Cuando un delincuente premedita, planifica y lleva a cabo un plan de acción en su totalidad, suele ser más fácil descubrir cuál es su móvil y, desde ahí, llegar hasta él. Pero cuando el asesino es, lo que se suele llamar “desorganizado”, es más difícil porque, en la mayoría de las ocasiones, realiza sus acciones movido por una enfermedad mental o un trastorno de algún tipo.

La verdad es que no existe un criminal que sea puramente organizado o desorganizado, lo que dificulta ampliamente la labor de los investigadores.

La realidad es que ante algo tan complejo como determinar exactamente el móvil de un crimen es muy fácil equivocarse, desde alterar el escenario a no identificar bien un testigo, por ello los investigadores tienen claro que lo importante es minimizar dichas probabilidades de error para realizar un buen trabajo. Todo a base de una buena formación de los investigadores, pero también de la experiencia.

Lo más importante ante la noticia de un homicidio es no cometer errores que luego no se puedan recuperar. Cuidar bien el escenario, identificar aquellos testigos o personas que puedan tener información en un primer momento, y luego sobre todo es recopilar la máxima información en un periodo muy breve.


En este contexto, determinar el móvil es esencial  para concretar las circunstancias de las víctimas que pudiera ponerla en un lugar de riesgo. El móvil lleva a pensar qué tipo de autor se debe buscar y, además, orientará a la hora de dar los siguientes pasos en la investigación y poder avanzar en la buena dirección. 

sábado, mayo 13, 2017

El Crimen de los Galindos

Sucesologia Podcast - Segunda Temporada - Capitulo 5
Corría el año 1975 cuando ocurrió en Sevilla, aquí en España, uno de los crímenes más sangrientos de los que recuerda nuestra crónica negra. Hablamos del Crimen de los Galindos, un misterio que, 20 años después, sigue sin resolver.

Viajamos hasta un 22 de julio en Paradas, en Sevilla y, en concreto, hasta un cortijo llamado “Los Galindos”, donde un día, cuando los trabajadores volvían de sus labores en el campo, se encontraron con un cruel espectáculo que no iban a olvidar fácilmente. Una columna de humo que salía del cobertizo les hizo apresurarse. Tras apagar el fuego, ven un rastro de sangre que les conduce desde el exterior hasta uno de los dormitorios. Allí aparece, en primer lugar, el cadáver de Juana Martín Macías, de 53 años, mujer del encargado del cortijo, que había sido golpeada en la cabeza.  Al salir de la casa, en una cuneta, encuentran la segunda víctima: Ramón Parrilla González, de 40 años, con los brazos destrozados, quizá por haber intentado defenderse de los disparos de escopeta que fueron directos al corazón. Tras volver al cobertizo, calcinados, aparece un matrimonio: Asunción Peralta Montera, de 34 años y, José González, tractorista de la finca. 

El capataz de la finca y principal sospechoso inicial de las investigaciones, se encontraba en paradero desconocido. Tres días después, fue encontrado, también sin vida, con la cabeza destrozada a golpes y cubierto de paja. Nadie sabe si estuvo allí escondido desde el principio, o si alguien lo movió después de que se encontraran a los otros cuatro. Con él se acababan las pistas.

Cinco muertes en un pueblo que no llegaba a los 8.000 habitantes.

Varios errores en las investigaciones y las diligencias iniciales terminaron de convertir aquel caso en un  imposible. Se llegaron a hacer exhumaciones de los cadáveres para realizar segundas autopsitas, pero de nada sirvió.

Entre las hipótesis, se barajaban motivos pasionales, reyertas, tráfico de drogas, e incluso llegó a investigarse el origen militar de alguno de ellos, haciendo que el caso fuese reabierto en cuatro ocasiones.

Las últimas investigaciones concluyeron que los crímenes habían sido llevados a cabo por dos personas como mínimo, sin vinculación aparente con la finca. Entre las nuevas hipótesis, aparecieron las sospechas de que “personas influyentes” estaban ayudando a paralizar la investigación., ya que, al parecer, se había celebrado allí, antes del crimen, una reunión militar secreta.

Pero una vez más, todo eran suposiciones.

Trece años después de aquellas cinco muertes, en 1988, el caso es definitivamente cerrado. El sumario, que llegó a sumar 1.300 folios, que se archivaba en Marchena, se extravió en un traslado de los juzgados de aquella localidad a Sevilla. Más misterio que se suma a este caso, ya de por sí enrevesado.


Qué fue casualidad y qué no es una cuestión que se quedará sin solucionar, porque los homicidios prescribieron en 1995, sin que hayamos podido despejar las incógnitas sobre este sangriento capítulo. 

Escucha todos los detalles de este caso y mucho más en el podcast del mes de Mayo de Sucesología desde aquí. 

martes, abril 25, 2017

Modus Operandi

Con el caso del Monstruo de Florencia, como ocurre con otros muchos, surge una pregunta, ¿qué nos ha llevado a pensar que todas esas muertas las podía haber realizado la misma persona?

Aquí entra el juego, entre otras cosas, el Modus Operandi. Este concepto se refiere a la manera en que se ha cometido un crimen, y está compuesto esencialmente por las conductas del autor del crimen, por sus elecciones al a hora de matar, por cómo se ha cometido el delito.

El Modus Operandi puede dar mucha información a los investigadores sobre los conocimientos del autor de los hechos, sus habilidades o incluso su oficio. Puede evolucionar con el tiempo, “mejorar” o “empeorar”, pero siempre tiene una base común. 

Puede componerse de elementos muy diversos: el uso de máscaras durante los hechos para proteger la identidad del autor, el uso de mordazas para silenciar a la víctima, el uso de vehículos robados para huir… es decir, puede estar presente tanto antes como después del crimen, como forma de preparación y huida respectivamente y, por supuesto, durante el mismo.

No se trata, en este sentido, de las motivaciones del autor, el por qué está cometiendo esos delitos, sino que hace referencia a qué método ha utilizado para llevar a cabo el crimen.